por Josefina de
Diego
Pero tampoco hubiéramos podido hacerlo si lo
hubiésemos intentado. Su cuarto parecía estar bajo el efecto de
algún hechizo. Había como una solemnidad en aquella lectura. Mi
madre se encontraba, en ese momento, en un espacio sagrado, solo de
ella, en un lugar maravilloso al que entraba como si le perteneciera,
como si siempre hubiese estado allí, en un “mundo raro”, fantástico y
tierno a la vez, y que era para ella muy familiar.
Sola, mi madre, con un mundo prodigioso entre sus
manos. Así la recuerdo, encantada, como tocada por una luz
adiamantada y cálida, feliz.
(*) Este texto
forma parte del libro inédito ¿Y ya no tocan valses de
Strauss?
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