Hace
más de cuarenta años crucé la frontera de este país. Hace más de
cuarenta años que dejé atrás mi gente, mi casa y mi país. Me bajé del
barco con una maleta que tenía más agujeros que tela, en ella traía todo
lo que alguien como yo podía necesitar, y que coincidía con todo lo que
alguien como yo podía permitirse: una biblia, una foto de mi familia,
una libreta para escribir cartas y un traje para los domingos. La biblia
y la libreta quedaron inservibles por la humedad durante el viaje, el
traje de los domingos quedó degradado a la categoría de traje de diario y
la foto de la familia, aunque un poco dañada, fue la que mejor parada
salió, todos seguían ahí, una mamá, un papá, una hermanita, dos
hermanitos y una silla.
En
mi tierra me habían hablado de un pana que se dedicaba a ayudar a los
que recién llegaban, que se dedicaba a aliviarles la carga de los
primeros días, pero no tardé en descubrir que lo único que aliviaba era
su bolsillo. Así que allí me encontraba yo, pasando mi primera noche en
este país, al resguardo de un portal desguarnecido, al abrigo de una
ciudad desabrigada y fría.
Pronto
pude colocarme en una habitación comunal, compartida a cama caliente,
con otros compañeros de soledad, extrañezas y añoranzas. Aquello ya
abrigaba más, aunque resultaba un poco sucio e insano. El poco dinero
que había conseguido reunir para mi gran aventura se agotaba
rápidamente, pero antes de pasar a mayores, tuve la suerte de encontrar
un empleo. Como el de cualquier otro hermano estaba tan mal pagado y era
tan indecente e ilegal como parecía desde fuera, pero era al mismo
tiempo el único sustento posible, por lo que era el mejor empleo que
tenía. Si el paraíso al que nos dirigíamos nos conducía por aquel camino
de calamidades y penurias, es porque podíamos soportarlo, al menos eso
hubiera dicho mi mamá. Ella siempre decía que Dios nunca nos enfrenta a
pruebas que no seamos capaces de superar.
Tras
algunos meses superé por fin aquella prueba y pude pasar a la siguiente
fase. Simultáneamente al que ya tenía, encontré otro empleo que llenó
mis noches de sudor y café aguado. El descanso pasó a ser, simplemente,
un lujo que sólo me podía permitir en la parada del autobús. Pero aquel
sacrificio me hizo capaz de reunir un poco de plata que enviar cada
tanto a mi familia, allá en mi tierra. Realmente me encontraba en el
buen camino. Mi familia, a cambio, me enviaba, como una especie de
prueba de vida que la pobreza secuestradora les permitiera, la
fotografía acostumbrada: la mamá, el papá, la hermanita, los hermanitos y
la silla. Todos menos la silla, un poco más viejitos a cada estampa.
El
tiempo pasaba y aquello que parecía una situación temporal, se iba
convirtiendo en una situación indefinida, de la que ninguno podíamos
conocer su final. Inmerso como estaba en conseguir plata con la que mi
familia pudiera sacarse de encima aquella pobreza pegajosa e
interminable, apenas si dediqué tiempo a establecer contacto con otros
compatriotas. Cuando lo hice, todo ocurrió de sopetón. Recuerdo muy bien
cuando acudí a la primera reunión. Uno de los del cuarto donde me
alojaba pero adonde no iba a comer ni tan siquiera a dormir, me invitó. Acompáñenos, compadre, lo pasará usted en grande
—me dijo; y así lo hice, le acompañé hasta el puerto. Los que allí
trabajaban se las habían arreglado para que su patrón les permitiera
utilizar una pequeña nave donde guardaban herramientas. Allí, otro del
grupo, carpintero de profesión, había dispuesto una enorme tabla de
madera en una de las paredes. En ella había pegadas colecciones
completas de fotografías de familiares, cartas recibidas, declaraciones
de amor, recuerdos, nostalgias y promesas anotadas en servilletas de
bar, fechas lejanas de momentos ajenos… Me produjo tal fascinación que
pasé horas mirando aquella tabla, repasé todo aquel material de arriba
abajo. Toda aquella carga de nostalgia y de añoranza lejos de causarme
un efecto corrosivo, me causó un efecto balsámico inmediato. Pedí
permiso y enseguida quedaron expuestas las fotos que mi familia me había
ido enviando y que hasta ese momento siempre me habían acompañado allí
donde fuera. Compartir con otras personas mis penas, mis alegrías y mis
recuerdos, me liberaba en cierto modo del peso que suponían. Las penas
ajenas, por ajenas no dolían, y las propias, una vez narradas a quien
quisiera escuchar, siempre resultaban más livianas y llevaderas. Por lo
que respecta a las alegrías…, las alegrías siempre alegraban, fueran de
quien fueran y vinieran de donde vinieran. Las alegrías no tenían dueño
ni origen, sólo destino, y su destino éramos nosotros. Aquel era un buen
trato para quienes habían dejado parte de su corazón a miles de
kilómetros de distancia.
Un
día llegó una nueva carta de mi familia, acompañada por la acostumbrada
foto de grupo. Reflejaba los cambios habidos desde la última vez: una
mamá, un papá, una hermanita, un hermanito y dos sillas. Rápidamente me
dispuse a leer la carta donde, a buen seguro, se explicaría aquel cambio
que la foto mostraba sin reparos. No tardé en confirmar mis sospechas.
Uno de mis hermanitos había alcanzado la edad y había dejado el hogar
para buscar un futuro. Se me encogió el estómago al pensar las pruebas a
que se enfrentaría mi hermanito para alcanzar su futuro. Papá puso su
silla junto a la mía, todo un detalle, nunca lucharéis solos,
escribió en su nombre Clarita, la única persona de mi pueblo que sabía
escribir y que solía hacerlo para mi papá. Y yo puse la foto en el
tablón de los recuerdos, junto a las demás.
En
cierta ocasión, alguien reparó en que mis fotos eran las únicas que
tenían retratadas además de personas, sillas. Cuando me preguntó por
qué, otra pregunta bastó para que lo entendiera: ¿Tu familia no espera
que vuelvas?. Después de pensárselo por un momento, me contestó con
cierto autorreproche que sí, que claro que sí, que cómo no le iban a esperar.
Todas
nuestras familias esperaban que, de uno u otro modo, volviéramos y
todos nosotros esperábamos volver, del primer modo que fuera posible;
pero ninguna familia ni ninguno de nosotros sabíamos cuándo tendría
lugar tal vuelta. Lo único cierto y verdadero es que el tiempo pasaba,
corría, volaba y nos superaba, dejándonos atrás con diferencia; y
también con un poco de indiferencia, porque al tiempo siempre le daba
igual si nos iba bien o mal, nos pasaba por encima y nos arrancaba de
cuajo los años y la juventud. Aquel sentimiento adquirió pleno sentido
cuando recibí otra de aquellas fotografías de la familia; en ella mamá,
papá y cuatro sillas formaban el conjunto. Mis hermanitos y mi
hermanita, como me ocurrió a mí en su día, habían alcanzado la edad a la
que empieza el futuro. Decidí entonces encaminar todos mis esfuerzos a
preparar un viaje que, con suerte, me permitiría demostrar a mis papás
que no hay nada más resistente al tiempo y al olvido que el amor de un
hijo.
Aunque
aún pasó largo tiempo hasta que lo logré, por fin llegó el día. Había
conseguido permiso de mis patrones, había reunido el enorme montón de
plata que costaba el billete más barato. Compré regalos para la mamá,
para el papá, y también para la hermanita y para los hermanitos. Con
maña me las arreglé para que aquello no supusiera un problema de
equipaje. Tenía todo listo y me disponía a salir de la casa con la
maleta, no sin cierta turbación de espíritu. Al salir, en acto reflejo,
se me ocurrió comprobar la correspondencia: había una carta. Era de mi
familia. Venía acompañada de la consabida estampa de grupo. Seis sillas
formaban el extraño conjunto. La maleta pesaba más que nunca y se me
escapó de entre los dedos, yendo a dar contra el suelo con un fuerte
estruendo, se abrió y los regalos se esparcieron por el suelo, como si
ellos sí supieran que no iban a ir a ninguna parte. Me senté en el
rellano con los pies colgando por las escaleras y los ojos colgando de
aquellas sillas vacías de la foto. Me hubiera gustado llorar, pero nada
conseguiría con ello; me hubiera gustado llamar a voces a la mamá y
volver a verla, pero tampoco eso me hubiese ayudado a comprender por qué
ese tiempo que dediqué a buscar mi futuro, acabó con mi pasado, acabó
con mi familia y acabó conmigo. Pero al cabo de un rato, una extraña y
casi molesta sensación de serenidad se apoderó de mí, en aquel momento
supe que estaba preparado, por fin, para afrontar con solvencia
cualquier situación, por difícil que fuera su naturaleza.
Desde
entonces he superado pruebas que, aunque difíciles, nunca resultaron
imposibles para quien está preparado, tal y como acostumbraba a decir mi
mamá.
Estas
son, querido hijo mío, algunas de las experiencias que tu anciano padre
puede contarte, para que encuentres tu futuro lo antes posible.
Por
cierto, te envío la última fotografía que hemos tomado de la familia.
La silla de la derecha es la de la hermanita, las dos de la izquierda
son las de los gemelos, y la del centro —entre tu madre y yo— es la
tuya. Esperamos que vuelvas pronto.
La silla – Víctor J .Sanz
Este relato está incluido en la colección que lleva por título “Desde la Torre“, de próxima publicación.