
sin llanto y con regocijos;
personajes: yo y mis hijos;
teatro: la juguetería.
Tengo, cual es de rigor,
una niña en cada lado
y el varón está empinado
encima del mostrador.
Hay enfrente dos hileras
de bebés con labios rojos,
blancas frentes, negros ojos
y doradas cabelleras.
Rifles, tambores, cornetas,
vajillas de lujo y gala,
muebles, espejos de sala,
armarios a dos pesetas.
Locomotoras sin par,
coches de cuerda, andadores,
barcos, peces de colores,
ballenas...; en fin, ¡la mar!
-Quiero-la mayor me grita-
aquel niño en esa cuna,
aquel armario de luna,
y esa alfonbra y la casita.
-Y yo-dice Juan- no quiero
más que un fusil, un cañón,
una pistola, un bastón,
un sable, un cinto de cuero,
una lanza, una bandera,
una coraza, una gola,
aquella camarañola,
mis depis, mi cartuchera.
Y prosigue la mayor:
- Pues yo quiero solamente
esa lámpara, esa fuente,
muebles para el comedor,
dos cuadros, cuatro cortinas,
tres sartenes, un brasero,
dos candiles, un plumero,
gallo con sus gallinas,
un ratón de cuerda, un gato,
un...
- ¡Basta! ¿Y tú, Margarita?
Callose la pobrecita,
miró todo largo rato.
Y con palabras sinceras
y natural regocijo,
alzó su rostro y me dijo:
- Yo, papá, lo que tu quieras.
- No. Di tu antojo, alma mía-,
y agregó alzando las manos:
- ¡Ya pidieron mis hermanos
toda la juguetería!
-¿Y no quieres nada?
- ¡No!
-Algo pide.
- ¿Y si estás pobre?
Lo que dejen, lo que sobre,
eso me lo llevo yo.
-¡Pobrecita! ¡Pobrecita!-
le dije y besé su frente,
y no exageró, realmente
es así mi Margarita.
Bondadosa y resignada,
ninguna ambición concibe,
si algo le doy, lo recibe,
y si no, no pide nada.
Juan de Dios Peza.