jueves, 12 de junio de 2008

DE ROSAS Y DEL CAMINO, de Leopoldo Zárate


Amanecí de rosas pintado,
En el camino de pasos cansados
Y mientras caminaba

Mi sonrisa contemplaba a
Mis labios,
Como a pétalos de rosa
Perfumado

Del beso a la herrumbre
Añeja del vacío

Quiero acortar las distancias
porque entre besos
De rosas pintados
Las campiñas besan mis pasos

Hay de rosas males buenos
Y de males
Rosas

Que hostigan hoy mis labios

Por cantarte besos
Y de manos

Mis caricias.

Para ti Polillita:
Gracias por tu sabio consejo…
La precisa palabra…
Gracias por el perfume en las campiñas diarias
Por donde mis cansados pasos buscan
A veces llegar
A ningún lado…


Una de las cosas más lindas que me ha pasado,
fue recibir este poema de mi hijo Leopoldo

Foto de Erica di Motta: Rosa


martes, 10 de junio de 2008

Alguien me habló de Heraud…, de Rosa C. Báez

Simplemente, alguien mencionaba hoy al joven poeta peruano Javier Heraud, que junto a otro peruano, Alejandro Romualdo, al mexicano Efraín Huerta y al ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, me ayudaron, en una triste etapa de amores desdeñados, a sobrevivir -de mano de sus versos-, a hacerme mejor persona, a crecer como ser humano y a afiliarme, decidida y definitivamente, a las huestes de la poesía y la utopía... años en que otro poeta, que en vez de declamar cantaba, me amarro definitivamente a la América Latina...

Hoy, alguien muy querido para mi mencionó a Heraud y retomé un pequeño cuaderno de la colección La Honda, de la siempre genial Casa de las Américas... cuadernos que han anclado en mi alma y me he negado a abandonar en medio de debacles, de tsunamis sentimentales o de acuciantes necesidades del bolsillo... y releí -rápidamente, de salto en salto de verso subrayado- los poemas de Javier Heraud... y me salió del alma esto que ahora les entrego...
Gracias, Perú, que no sólo me viste transitar -quién sabe en qué siglo- por Machu Picchu, si no que me regalaste hijos, hermanos, y tus poetas que se han grabado en mi corazón más fuertemente que las líneas de Nazca.

oo00oo

Alguien me habló de Heraud…

Hay libros que no deben abrirse
por que es como abrir una llaga en el costado.

Hay libros a los que uno regresa
y te atrapan
y te llevan
a aquel exacto instante en que,
por vez primera,
subrayaste algunos versos
que sentías como tuyos.

Hay libros, hay poetas, hay poemas…

¿Acaso no fui yo la que escribí
tempranamente,
hace hoy solamente 30 años,
"uno está siempre
compuesto
de un trozo de muerte y de
camino
y uno siempre es río,
o canto,
o lágrima cubierta
"

Alguien me hablaba hoy
de alguien sencillo,
de un poeta que cumplió su sino
-siempre se mueren jóvenes
los ángeles poetas-

Un joven que vivió y murió,
pero entre trino y trino
luchó e hizo poemas,
y amo a Cuba
como Cuba lo amó.

Alguien que conocí
en un pequeño libro
y en las tardes tristes de
un agosto de 1977
vivió conmigo,
durmió conmigo
secó mis lágrimas.

Las mismas lágrimas que hoy derramo
por el recuerdo de aquellas tardes
          y por que ahora sé
          qué es morir por la Patria
          y por la vida.

Gracias, Javier Heraud
que no tuviste miedo de morir
entre pájaros y árboles.

miércoles, 4 de junio de 2008

Cómo matar a Cuba, de Adrian Mitchell

Debes quemar a la gente primero.
Después el pasto y los árboles, después las piedras.
Debes cortar la isla de todos los mapas,
de los libros de historia, sacarla de los viejos periódicos
incluso los periódicos que odiaron a Cuba.

Y quemar todo esto, y quemar
Las pinturas, los poemas y las fotografías y las películas
y cuando hayas quemado todo esto,
debes enterrar las cenizas
debes proteger el sepulcro
Y solo entonces
Cuba estará solamente muerta como el Ché Guevara

Técnicamente muerta, eso es todo,
Técnicamente muerta.

Adrian Mitchell nació en Londres, Reino Unido, en 1932.
Es poeta, novelista, libretista, dramaturgo y editor de poesía.

Poema de la verdad profunda., de Mirta Aguirre, cubana

Tú no entiendes, amigo, tú no entiendes.

Deja que te lo explique, no en palabras

-que con palabras no se entiende a nadie-

sino a mi modo oscuro, que es el claro.

Así oscura y claramente

lo siento yo:



A mí no me perturba la Rosa de los Vientos.

Bello es el Sur, pero también el Norte

tiene belleza.

Para mi casa en noche está la luna

y con mi vida puedo henchir la tierra

cuando la tierra es árida.

Sé vivir en el viento y en la nube

y beber el agua sobre las hojas.

-No siempre se ha de estar alto, como Aldebarán...-

Hay que saber doblarse sin partirse.

Saber leer, y luego

saber romper la copa.

La ciudad puede, alguna vez, ser selva.

¿Qué importa así o de otro modo?

Bebiendo sol y salitre en alto mástil de barco

o en presidio...

Me da igual.

Donde quiera estoy yo. A salvo.


(Tomado de Presencia interior; poemas, pp. 41, /s.e/, La Habana, 1938)

Foto: Atardecer en el Malecón de La Habana / R. C. Báez