lunes, 3 de junio de 2013

Poema de un recuerdo


                         Jorge Luis Borges

 

 Dime por favor donde no estás
en qué lugar puedo no ser tu ausencia
dónde puedo vivir sin recordarte,
y dónde recordar, sin que me duela.

Dime por favor en que vacío,
no está tu sombra llenando los centros;
dónde mi soledad es ella misma,
y no el sentir que tú te encuentras lejos.

Dime por favor por qué camino,
podré yo caminar, sin ser tu huella;
dónde podré correr no por buscarte,
y dónde descansar de mi tristeza.

Dime por favor cuál es la noche,
que no tiene el color de tu mirada;
cuál es el sol, que tiene luz tan solo,
y no la sensación de que me llamas.

Dime por favor donde hay un mar,
que no susurre a mis oídos tus palabras.

Dime por favor en qué rincón,
nadie podrá ver mi tristeza;
dime cuál es el hueco de mi almohada,
que no tiene apoyada tu cabeza.

Dime por favor cuál es la noche,
en que vendrás, para velar tu sueño;
que no puedo vivir, porque te extraño;
y que no puedo morir, porque te quiero.



viernes, 22 de marzo de 2013

La silla (relato completo)

Hace más de cuarenta años crucé la frontera de este país. Hace más de cuarenta años que dejé atrás mi gente, mi casa y mi país. Me bajé del barco con una maleta que tenía más agujeros que tela, en ella traía todo lo que alguien como yo podía necesitar, y que coincidía con todo lo que alguien como yo podía permitirse: una biblia, una foto de mi familia, una libreta para escribir cartas y un traje para los domingos. La biblia y la libreta quedaron inservibles por la humedad durante el viaje, el traje de los domingos quedó degradado a la categoría de traje de diario y la foto de la familia, aunque un poco dañada, fue la que mejor parada salió, todos seguían ahí, una mamá, un papá, una hermanita, dos hermanitos y una silla.

En mi tierra me habían hablado de un pana que se dedicaba a ayudar a los que recién llegaban, que se dedicaba a aliviarles la carga de los primeros días, pero no tardé en descubrir que lo único que aliviaba era su bolsillo. Así que allí me encontraba yo, pasando mi primera noche en este país, al resguardo de un portal desguarnecido, al abrigo de una ciudad desabrigada y fría.

Pronto pude colocarme en una habitación comunal, compartida a cama caliente, con otros compañeros de soledad, extrañezas y añoranzas. Aquello ya abrigaba más, aunque resultaba un poco sucio e insano. El poco dinero que había conseguido reunir para mi gran aventura se agotaba rápidamente, pero antes de pasar a mayores, tuve la suerte de encontrar un empleo. Como el de cualquier otro hermano estaba tan mal pagado y era tan indecente e ilegal como parecía desde fuera, pero era al mismo tiempo el único sustento posible, por lo que era el mejor empleo que tenía. Si el paraíso al que nos dirigíamos nos conducía por aquel camino de calamidades y penurias, es porque podíamos soportarlo, al menos eso hubiera dicho mi mamá. Ella siempre decía que Dios nunca nos enfrenta a pruebas que no seamos capaces de superar.

Tras algunos meses superé por fin aquella prueba y pude pasar a la siguiente fase. Simultáneamente al que ya tenía, encontré otro empleo que llenó mis noches de sudor y café aguado. El descanso pasó a ser, simplemente, un lujo que sólo me podía permitir en la parada del autobús. Pero aquel sacrificio me hizo capaz de reunir un poco de plata que enviar cada tanto a mi familia, allá en mi tierra. Realmente me encontraba en el buen camino. Mi familia, a cambio, me enviaba, como una especie de prueba de vida que la pobreza secuestradora les permitiera, la fotografía acostumbrada: la mamá, el papá, la hermanita, los hermanitos y la silla. Todos menos la silla, un poco más viejitos a cada estampa.

El tiempo pasaba y aquello que parecía una situación temporal, se iba convirtiendo en una situación indefinida, de la que ninguno podíamos conocer su final. Inmerso como estaba en conseguir plata con la que mi familia pudiera sacarse de encima aquella pobreza pegajosa e interminable, apenas si dediqué tiempo a establecer contacto con otros compatriotas. Cuando lo hice, todo ocurrió de sopetón. Recuerdo muy bien cuando acudí a la primera reunión. Uno de los del cuarto donde me alojaba pero adonde no iba a comer ni tan siquiera a dormir, me invitó. Acompáñenos, compadre, lo pasará usted en grande —me dijo; y así lo hice, le acompañé hasta el puerto. Los que allí trabajaban se las habían arreglado para que su patrón les permitiera utilizar una pequeña nave donde guardaban herramientas. Allí, otro del grupo, carpintero de profesión, había dispuesto una enorme tabla de madera en una de las paredes. En ella había pegadas colecciones completas de fotografías de familiares, cartas recibidas, declaraciones de amor, recuerdos, nostalgias y promesas anotadas en servilletas de bar, fechas lejanas de momentos ajenos… Me produjo tal fascinación que pasé horas mirando aquella tabla, repasé todo aquel material de arriba abajo. Toda aquella carga de nostalgia y de añoranza lejos de causarme un efecto corrosivo, me causó un efecto balsámico inmediato. Pedí permiso y enseguida quedaron expuestas las fotos que mi familia me había ido enviando y que hasta ese momento siempre me habían acompañado allí donde fuera. Compartir con otras personas mis penas, mis alegrías y mis recuerdos, me liberaba en cierto modo del peso que suponían. Las penas ajenas, por ajenas no dolían, y las propias, una vez narradas a quien quisiera escuchar, siempre resultaban más livianas y llevaderas. Por lo que respecta a las alegrías…, las alegrías siempre alegraban, fueran de quien fueran y vinieran de donde vinieran. Las alegrías no tenían dueño ni origen, sólo destino, y su destino éramos nosotros. Aquel era un buen trato para quienes habían dejado parte de su corazón a miles de kilómetros de distancia.

Un día llegó una nueva carta de mi familia, acompañada por la acostumbrada foto de grupo. Reflejaba los cambios habidos desde la última vez: una mamá, un papá, una hermanita, un hermanito y dos sillas. Rápidamente me dispuse a leer la carta donde, a buen seguro, se explicaría aquel cambio que la foto mostraba sin reparos. No tardé en confirmar mis sospechas. Uno de mis hermanitos había alcanzado la edad y había dejado el hogar para buscar un futuro. Se me encogió el estómago al pensar las pruebas a que se enfrentaría mi hermanito para alcanzar su futuro. Papá puso su silla junto a la mía, todo un detalle, nunca lucharéis solos, escribió en su nombre Clarita, la única persona de mi pueblo que sabía escribir y que solía hacerlo para mi papá. Y yo puse la foto en el tablón de los recuerdos, junto a las demás.
En cierta ocasión, alguien reparó en que mis fotos eran las únicas que tenían retratadas además de personas, sillas. Cuando me preguntó por qué, otra pregunta bastó para que lo entendiera: ¿Tu familia no espera que vuelvas?. Después de pensárselo por un momento, me contestó con cierto autorreproche que sí, que claro que sí, que cómo no le iban a esperar.

Todas nuestras familias esperaban que, de uno u otro modo, volviéramos y todos nosotros esperábamos volver, del primer modo que fuera posible; pero ninguna familia ni ninguno de nosotros sabíamos cuándo tendría lugar tal vuelta. Lo único cierto y verdadero es que el tiempo pasaba, corría, volaba y nos superaba, dejándonos atrás con diferencia; y también con un poco de indiferencia, porque al tiempo siempre le daba igual si nos iba bien o mal, nos pasaba por encima y nos arrancaba de cuajo los años y la juventud. Aquel sentimiento adquirió pleno sentido cuando recibí otra de aquellas fotografías de la  familia; en ella mamá, papá y cuatro sillas formaban el conjunto. Mis hermanitos y mi hermanita, como me ocurrió a mí en su día, habían alcanzado la edad a la que empieza el futuro. Decidí entonces encaminar todos mis esfuerzos a preparar un viaje que, con suerte, me permitiría demostrar a mis papás que no hay nada más resistente al tiempo y al olvido que el amor de un hijo.

Aunque aún pasó largo tiempo hasta que lo logré, por fin llegó el día. Había conseguido permiso de mis patrones, había reunido el enorme montón de plata que costaba el billete más barato. Compré regalos para la mamá, para el papá, y también para la hermanita y para los hermanitos. Con maña me las arreglé para que aquello no supusiera un problema de equipaje. Tenía todo listo y me disponía a salir de la casa con la maleta, no sin cierta turbación de espíritu. Al salir, en acto reflejo, se me ocurrió comprobar la correspondencia: había una carta. Era de mi familia. Venía acompañada de la consabida estampa de grupo. Seis sillas formaban el extraño conjunto. La maleta pesaba más que nunca y se me escapó de entre los dedos, yendo a dar contra el suelo con un fuerte estruendo, se abrió y los regalos se esparcieron por el suelo, como si ellos sí supieran que no iban a ir a ninguna parte. Me senté en el rellano con los pies colgando por las escaleras y los ojos colgando de aquellas sillas vacías de la foto. Me hubiera gustado llorar, pero nada conseguiría con ello; me hubiera gustado llamar a voces a la mamá y volver a verla, pero tampoco eso me hubiese ayudado a comprender por qué ese tiempo que dediqué a buscar mi futuro, acabó con mi pasado, acabó con mi familia y acabó conmigo.  Pero al cabo de un rato, una extraña y casi molesta sensación de serenidad se apoderó de mí, en aquel momento supe que estaba preparado, por fin, para afrontar con solvencia cualquier situación, por difícil que fuera su naturaleza.

Desde entonces he superado pruebas que, aunque difíciles, nunca resultaron imposibles para quien está preparado, tal y como acostumbraba a decir mi mamá.
Estas son, querido hijo mío, algunas de las experiencias que tu anciano padre puede contarte, para que encuentres tu futuro lo antes posible.

Por cierto, te envío la última fotografía que hemos tomado de la familia. La silla de la derecha es la de la hermanita, las dos de la izquierda son las de los gemelos, y la del centro —entre tu madre y yo— es la tuya. Esperamos que vuelvas pronto.

La silla – Víctor J .Sanz

Este relato está incluido en la colección que lleva por título “Desde la Torre“, de próxima publicación.

sábado, 9 de marzo de 2013

Amaury: La Novela

 

EL Poeta-Trovador-Cantautor-Novelista Amaury Pérez Vidal, uno de las voces favoritas de mi juventud, ha publicado en capítulos una novela inédita en Facebook: Como yo misma quería leerla y sé que luego que se fuera de portada, no sabría como encontrarla, y además, en estos días no está mi animo para lecturas, decidí guardarla para una lectura posterior.

Y como sé que muchos querrían hacerlo, con el beneplácito del autor la comparto con ustedes:

 



Foto Amaury: Del artista cubano Angel Alderete
Cuadro de Ulises Gonzalez para la carátula del libro

viernes, 4 de enero de 2013

La Poesía está en todas partes...

  Y claro, yo animadísima de ganarlos para mi colección de marca páginas, que sobrepasa los 700 ejemplares!!

"PINCELADAS DE POESÍA" : un proyecto lleno de ilusión. (sorteo de una colección de originales marcapáginas)

sábado, 22 de diciembre de 2012

Hoy no os traigo un poema, como tal, os traigo seis, vestidos de alegres colores y de mucha ilusión. Hace ya tiempo que tenía en la cabeza la idea de hacer unos marcapáginas con mis poemas. Al principio pensé hacerlos con fotografías pero luego conocí a Sonia y lo de las fotos ha quedado para un proyecto futuro. Un buen día, conocí la página de Sonia Koch, pintora chilena, y ya amiga, cuyo enlace teneis a la derecha, y me encantaron sus cuadros. Alegres, coloristas, me transmitian uno energia que sentía iba conmigo y mis poemas. Decidí escribirla, darle a conocer mi poesía y mi proyecto de hacer unos marcapáginas y ofrecerle colaborar conmigo en él. Ella me dijo que sí, que mis poemas también iban en sintonia con ella. Desde entonces hemos intercambiado muchos emails, con un entendimiento muy bueno y una hermosa amistad a través del oceano.


Hay muchas horas de trabajo detrás de estos marcapáginas. Busqué entre mis poemas los que por su extensión y por su tono de esperanza me gustasen para este proyecto. Busqué entre los cuadros de Sonia, los que sentía que casaban bien con el sentido de los poemas. Hice pruebas de colores para poder tener una colección completa en diferentes tonos y que a la vez cada uno de ellos fuese bien con los cuadros. Probé tipos de letras, hice el logo con el nombre para la colección "Pinceladas de poesía", porque aunan poesía y pintura y porque son una pequeña pincelada, un acercamiento a la poesía, una manera muy sencilla para que la gente que núnca ha leido poesía lo pueda hacer en poco tiempo y además con un objeto bello estéticamente y práctico. Les he puesto mucha mucha ilusión y aquí os los presento. Si a alguien le interesa adquirilos, su precio es de 7,5 Euros la colección completa mas gastos de envio. Me podeis mandar un email a través del contacto de la barra de arriba de la página con vuestra dirección y pagar de una forma segura con el link de paypal (por paypal o tarjeta de crédito ) a la derecha del blog. Hago envios a España, Europa y America. Para envios a America y paises europeos no miembros de la UE, contactar por email y dar número de documento de identidad para mandar la obligatoria factura.

Haré un sorteo de una colección el día 20 de enero de 2013, entre todas las personas que hagan comentarios a esta entrada y  además pongan en su blog un enlace a esta entrada o una alusión u opinión a esta entrada con una foto de los marcapáginas, mandandome el link en el contacto o poniendolo en el comentario antes del día 20 de enero a las 00 hora española. El sorteo es para España, resto de Europa y America. Comunicaré el ganador en este mismo blog. Se lo mandaré a casa sin cobro de gastos de envío.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Que nunca nos falte


Con esta introducción, mi querido amigo Alberto nos envió este mensaje que me encanto para compartir con ustedes!

Os deseo una Feliz Navidad, que la ternura tenga sitio en la mesa, que en el menú del alma haya sitio para los otros, que recordemos a quienes nos faltan con la alegría con la que vivieron y que nos deseemos mejores y mejorables como augura ese hermoso duende del Caribe.


QUE NUNCA NOS FALTE
            Alberto Montoya

Amada, que no falte ese aliento,
ese instante en la alterada tarde
cuando el viento mece las nubes
y abre ventanas en el cielo.

Que no nos falte ese árbol, esa fruta
invitando a puertas prohibidas,
ese error en el camino, esa conjura
 espantando fantasmas, dramas y huidas.

Que no nos falte el clamor de una ola,
la espuma bañándonos los pies desnudos,
la mar brava rompiendo sobre las rocas,
un horizonte inesperado, un alud de suspiros.

Que no nos falte un trozo de mesa, un techo,
un vaso y la sed de la noche oscura
llenando la boca de preguntas y hambre,
trayendo el universo a nuestros pechos.

Que nunca falte tiempo al tiempo
para obligar a detenerse a los relojes,
para escuchar las alas de las cigüeñas
colmando de comienzos los corazones.

Que nunca falten razones, amada mía
para abrir de par en par la luz de la mañana,
para decirnos 'te quiero', con toda el alma
en el café primero con que comienza el día.

25 de Diciembre de 2012

miércoles, 7 de noviembre de 2012

La madre

VICTOR HUGO.
Partio el pan en dos trozos y diolos a sus hijos,
que comieron con avidez.

"No guardó nada para ella", refunfuñó el Sargento.

"Porque no tiene hambre", dijo el Soldado.

"Porque es una Madre" dijo el Sargento.

VICTOR HUGO.
Partio el pan en dos trozos y diolos a sus hijos,
que comieron con avidez.

"No guardó nada para ella", refunfuñó el Sargento.

"Porque no tiene hambre", dijo el Soldado.

"Porque es una Madre" dijo el Sargento.


 

La pobreza tiene alma de Guasinton

De mi entrañable amigo, Hernando Calvo Ospina



Niño y perro en la calle

Al cruzar la calle luchaba hasta con la mediana brisa, que en las ardientes tardes bajaba de la montaña, para que no lo tirara al piso y lo arrastrara. La búsqueda de desperdicios en el basurero que se amontonaba en una esquina, dos cuadras abajo, la realizaba en la mañana. Nunca se le vio pelear un hueso con otro perro o rata. 

Iba y regresaba con su caminadito típico: como que de medio lado, como que arrastrando las patas, cabizbajo, las orejas caídas y como sin apuros. Ni lo recuperado en el basurero, ni las sobras que le daban en su casa eran suficientes para engordarlo, pues el costillar le resaltaba por encima de sus pelos grisáceos. Mudo, discreto o falto de fuerzas, lo cierto es que no recuerdo haberlo escuchado ladrar. Nadie sabía su edad y menos quienes eran sus padres.

Un día se apareció con su caminado de vaivén, surcando la calle de tierra pura, en mi viejo y humilde barrio de Cali, al suroccidente de Colombia. No le importó que estuviéramos jugando fútbol. Nosotros, al ver la terrible indiferencia del forastero ante la vida, detuvimos el balón para que pasara. No se supo por qué, pero entró sin pedir permiso a esa casucha de tablillas que quedaba en frente de mi casa, la cual tenía un solo espacio que servía de comedor, dormitorio y cocina. Se fue directo a meterse debajo de una de las tres camas y se echó a dormir. Ante la osadía, los dueños ni se atrevieron a protestar. Prefirieron adoptarlo. Unas horas después, cuando salió a la puerta, los demás perros vinieron a olfatearlo y fue aceptado. Para nosotros un perro más no era molestia.

Luego vino la gran discusión: cómo llamarlo. Y con las informaciones en la radio llegó el nombre. El corrillo de niños decidió que se titulara Guasinton. Ninguno perdió saliva tratando de corregir la pronunciación, porque a todos nos sonaba guasinton y no Washington.

A pesar de su deplorable aspecto, que incluía principios de sarna en las orejas y el rabo, Guasinton era la admiración de nosotros. Durante varios días, cuando en las tardes regresábamos de la escuela, nos reuníamos para burlarnos de su aspecto y escasa vitalidad. Un ventarrón se llevaba como hoja seca al enclenque; varias veces quedó inmovilizado en los pantaneros que la lluvia formaba en la calle, y ahí llegábamos nosotros a servirle de grúa. Pero Guasinton tenía una particularidad admirable.

De las cuarenta casas y casuchas que debían existir en las dos cuadras del vecindario, por lo menos en treinta se compartían los modestos alimentos con perros, perras, gatos y gatas. Cuando una de esas hembras de ladrido entraba en calor y le daba por buscar novio, la calle se ponía en efervescencia. Era un espectáculo ver a diez o quince perros cercando y montando a la perra por cualquier lado. Ante tanto asedio ella se tiraba al piso y empezaba lanzar dentelladas, pero ni así la dejaban tranquila. Y llegaban las trifulcas entre los perros, creyendo que el más fuerte sería aceptado para un breve romance. Los aliados no existían, era una disputa de todos contra todos.

Guasinton prefería detallar la escena desde una prudente distancia. Justo en el momento en que la guerra intercanina estaba en su tope, Guasinton se acercaba a la perra, la olía, la lambía, y ella como hipnotizada se levantaba y salía atrás de ese desgarbado elegido. Los luchadores se daban cuenta y se precipitaban en medio de ladridos tras la perra, empujando y hasta mordiendo al inmutable Guasinton.

Demasiado tarde. Si el dueño de la perra no se interponía, en medio de las dificultades de la guerra establecida, Guasinton la hacía entrar a la casucha. Los propietarios se encargaban de cerrar el paso a los demás rabiosos y excitados pretendientes. Guasinton llevaba a la enamorada directamente al viejo plato metálico donde le servían los restos de comida, ofreciéndole lo poco que quedaba, y que ella acababa en dos lambidas. Con la tranquilidad asegurada, ella entraba en el juego amoroso de Guasinton, bajo la sombra de un árbol de mango. Ahí comprobaba lo que muchas perras del vecindario comentaban: sin ser preñador, era el mejor amante.

Cuando me preguntan sobre mí niñez y mi barrio, cuento de su alegría, del vecindario solidario, de su pobreza, y de Guasinton.