viernes, 25 de marzo de 2016

Cielo blanco






Hamlet Lima Quintana *


No veo el cielo madre, sólo un pañuelo blanco
no sé si aquella noche yo te estaba pensando
o si un perfil de sombras me acunaba en sus brazos
pero entré en otra historia con el cielo cambiado.

No me duele la carne que se fue desgarrando
me duele haber perdido las alas de mi canto
las posibilidades de estar en el milagro
y recoger las flores que caen de tu llanto.

No quiero que me llores, mírame a tu costado
mi sangre está en la sangre de un pueblo castigado
mi voz está en las voces de los "iluminados"
que caminan contigo por la ronda de Mayo.

No quiero que me llores ahora que te hablo
mi corazón te crece cuando extiendes las manos
y acaricias las cosas que siempre hemos amado
la libertad y el alma de todos los hermanos.

No sé si aquella noche amanecí llorando
o si alguna paloma se me murió de espanto
la vida que ha esperado tanto
es el cielo que crece sobre tu pañuelo blanco.

No quiero que me llores, mírame a tu costado
mi sangre está en la sangre de un pueblo castigado
mi voz está en las voces de los "iluminados"
que caminan contigo por la ronda de Mayo.

domingo, 24 de enero de 2016

Ojo con Ellas…


Ojo con Ellas…
  Jorge Eduardo Cinto*

Andan por ahí, con su atrevido miedo,
portando sus cincuenta y tantos años,
lindas, leídas, viajadas, sensibles.
Ojo con ellas.

Vienen de cerrar una puerta con decisión,
pero sin olvido.
Amaron, construyeron, parieron, cumplieron.
Amaron a su hombre, dieron alas a sus crías
y ahora, desentumecieron las suyas:
¡ahí estaban!:
intactas, brillantes, soberbias,
majestuosas, listas para el vuelo:
no ya las de un hornero,
sí las de una gaviota, soberana y curiosa.
 

Saben de la vida
y de tu hambre
porque con su cuerpo han sabido saciarlas.
 

Expertas en estupidez
y sus matices:
se reconocieron inmersas
en ella hasta el estupor
y soportaron mucha hasta el dolor;
sabrán distinguirla, no lo dudes.
 

Versadas en economía,
la aplican en el gesto,
en el andar y en su exacta sensualidad.
Ojo con sus caderas sabias:
ya se estiraron y contrajeron,
se estremecieron y agitaron.
Saben del amor, en todos sus colores,
desde el rojo resplandor al mustio gris.
Sus piernas fuertes arrastran raíces todavía.
Prontas a sentir,
van con una vieja canción en los labios,
profunda intensidad en la mirada
y delicada seguridad en la sonrisa.
 

Pero, si esta advertencia es tardía,
y descubres que ya no puedes dejar de pensar en ella,
entonces, ten cuidado de ahora en más,
no te equivoques, no lo arruines:
no les envíes un mensaje de texto,
mejor invítale un café con tiempo;
no recurras al email,
preferirán sin duda un poema en servilleta.
 

No les hagas promesas,
no les vendas imagen,
mejor exhibe tu autenticidad mas despojada.
No caigas,
por rellenar,
en aturdido ruido vacuo,
deja que respire un silencio en común.
 

Vienen de quemar las naves
y cambiar comodidad indolente por riesgo vital.
Avanzan por un camino incierto, pero elegido.
En su cartera, fotos, un perfume y algunas lágrimas.
En su mirada, una decisión...


Ojo con ellas…
tal vez, si tienes suerte, hay una en tu camino"


Publicado en Escritores de Tucuman Siglo XXI

domingo, 27 de diciembre de 2015

Cristiandad

De Carlos Angulo Rivas, poeta peruano


UNA REFLEXIÓN CRÍTICA SOBRE LA REALIDAD DE LAS FIESTAS NAVIDEÑAS.

Si Cristo despertara de aquel sueño prematuro
si viera su doctrina llena de elásticas distorsiones
si viera actuar a muchos de los adictos fieles
si viera la violencia ejercida en su nombre
renegaría a su papel de Hijo de Dios en la tierra.


Si Cristo despertara de aquel sueño prematuro
si viera ultrajantes tesoros reunidos en la prelatura
si viera los suntuosos inmuebles de las iglesias
si viera los trajes pastorales de finas sedas bordadas
renegaría a su papel de Hijo de Dios en la tierra.


Si Cristo despertara de aquel sueño prematuro
si viera las sortijas besadas en manos estiradas
si viera las sandalias cambiadas por zapatos de charol
si viera los ornamentos eclesiásticos, las intrigas del poder
renegaría a su papel de Hijo de Dios en la tierra.


Si Cristo despertara de aquel sueño prematuro
si viera el consumismo libertino por el día asignado a su natalicio
si viera a los de su origen liquidando inocentes apelando a Dios
si viera tierras asoladas por ser las prometidas del reino del Señor
renegaría a su papel de Hijo de Dios en la tierra.


Si Cristo despertara de aquel sueño prematuro
si viera los buenos deseos sólo en las tarjetas el papel
si viera la crueldad de los poderosos la indiferencia del resto
si viera la sangre regada por la avaricia subterránea
renegaría a su papel de Hijo de Dios en la tierra.


Si Cristo despertara de aquel sueño prematuro
si viera la utopía del cristianismo sepultada
si viera la solidaridad la fraternidad la paz de un solo día
si viera la frívola belleza del verbo transgredido
renegaría a su papel de Hijo de Dios en la tierra.


Mas, si viera el amor al prójimo asomarse
el ideal cristiano soñado aproximarse
Cristo gustosamente volvería a nacer
para ser CRUCIFICADO.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Digo que yo no soy un hombre puro


Por Nicolás Guillén 

Yo no voy a decirte que soy un hombre puro. 

Entre otras cosas
falta saber si es que lo puro existe.
O si es, pongamos, necesario.
O posible.
O si sabe bien. 


¿Acaso has tú probado el agua químicamente pura,
el agua de laboratorio,
sin un grano de tierra o de estiércol,
sin el pequeño excremento de un pájaro,
el agua hecha no más de oxígeno e hidrógeno?
¡Puah!, qué porquería.


Yo no te digo pues que soy un hombre puro,
yo no te digo eso, sino todo lo contrario.
Que amo (a las mujeres, naturalmente,
pues mi amor puede decir su nombre),
y me gusta comer carne de puerco con papas,
y garbanzos y chorizos, y
huevos, pollos, carneros, pavos,
pescados y mariscos,
y bebo ron y cerveza y aguardiente y vino,
y fornico (incluso con el estómago lleno). 


Soy impuro ¿qué quieres que te diga?
Completamente impuro.
Sin embargo,
creo que hay muchas cosas puras en el mundo
que no son más que pura mierda. 


Por ejemplo, la pureza del virgo nonagenario.
La pureza de los novios que se masturban
en vez de acostarse juntos en una posada.
La pureza de los colegios de internado, donde
abre sus flores de semen provisional
la fauna pederasta.
La pureza de los clérigos.
La pureza de los académicos.
La pureza de los gramáticos.
La pureza de los que aseguran
que hay que ser puros, puros, puros.


La pureza de los que nunca tuvieron blenorragia.
La pureza de la mujer que nunca lamió un glande.
La pureza del que nunca succionó un clítoris.
La pureza de la que nunca parió.
La pureza del que no engendró nunca.
La pureza del que se da golpes en el pecho, y
dice santo, santo, santo,
cuando es un diablo, diablo, diablo. 


En fin, la pureza
de quien no llegó a ser lo suficientemente impuro
para saber qué cosa es la pureza.


Punto, fecha y firma.
Así lo dejo escrito.

jueves, 3 de septiembre de 2015

INMIGRANTES


            Ricardo Luis Plaul

Foto EFE
Lejos de cualquier Dios,
encerrados en la tumba del sistema,
Hermes los guía en su barcaza
hacia el infierno de la esperanza.

Muros, alambradas, fusiles de indiferencia,
van preñando de odio tu mera existencia.
Te miro… te miran y no te ven, no
respiras, no vives, no deseas…

Un saco relleno con el estiércol del mundo
es la conciencia. Estabas muerto antes de llegar.

En el ajedrez del poder eras la ficha sacrificada,
ni siquiera una huella en el cementerio del recuerdo,
ni siquiera una cruz en el lamento de los justos.
Un niño sin nacer llora en el vientre de tu olvido.

29/08/2015

miércoles, 20 de agosto de 2014

Mujer bajo la lluvia

  Lilibeth Alfonso Martínez
Una mujer bajo la lluvia es un enigma
Que se construye en cada gota
Una autopista a la ternura.

Una mujer bajo la lluvia es una oración abierta
Sin comas, sin puntos finales, solo los suspensivos.

Una mujer que se ase a la lluvia, y la abraza
Es siempre una mujer desnuda
Un cuerpo poseído por los mares
que la recorren, inexorablemente,
Besan sus nalgas, el hilo de infinito de sus senos,
Descubren abismos imposibles
Y revelan hasta los más íntimos deseos.

Una mujer que se lanza a la lluvia
Provoca el desasosiego de los otros,
Ellos, los pobres, tan cuerdos.

Hacia la victoria: Poema del poeta palestino Samih al Qasim


Foto: E' morto ieri Samih al Qasim. Poeta e giornalista palestinese, voce della Nakba e della Resistenza della Palestina. Aveva 75 anni e non riuscirà a vedere la sua terra liberata. Perché la sua terra, un giorno, sarà libera. Lo ricordiamo con questa poesia, che Meriem ci ha riportato alla memoria. ...fino all'ultima goccia di sangue nelle vene, resisteremo...  Fino alla vittoria  Perderò, forse, lo stipendio, come tu lo desideri; sarò costretto a vendere abito e materasso; farò, forse, il portatore di pietre; il facchino, lo zappino di strada oppure l’operaio in una officina; forse sarò anche costretto a cercare nei letami per trovare un grano da mangiare; o forse morirò nudo e affamato. Ciò malgrado non mi rassegnerò mai a te, o nemico del sole! Ma resisterò fino all’ultima goccia di sangue nelle mie vene. Tu mi potresti rubare l’ultimo palmo di suolo; saresti capace di dare alle prigioni la mia giovane età; di privarmi dell’eredità di mio nonno: degli arredamenti, degli utensili casalinghi e dei recipienti. Saresti pure capace di dare al fuoco le mie poesie ed i libri miei ed ai cani la mia carne. Saresti – come è vero – un incubo sul cuore del nostro villaggio, o nemico del sole! Ciò malgrado, non mi rassegnerò mai a te e, fino all’ultima goccia di sangue nelle mie vene resisterò!... Potresti spegnermi la luce che m’illumina la notte e privarmi di un bacio di mia madre; i ragazzi vostri sarebbero capaci di insultare il mio popolo e mio padre; qualche vigliacco di voi sarebbe capace di falsificare pure la mia storia; Tu stesso potresti privare i figli miei di un abito di festa; saresti capace di ingannare, con falso volto, gli amici miei, crocifiggermi i giorni su una visione umiliante, o nemico del sole! Ciò malgrado, non mi rassegnerò mai a te e, fino all’ultima goccia di sangue nelle mie vene resisterò!... O nemico del sole! Nel porto vedo degli ornamenti, dei segni di gioia; sento delle voci allegre e degli applausi entusiasti che infuocano d’allegria la gola; e nell’orizzonte vedo una vela che sfida il vento e le onde sormontando con fiducia i pericoli! Questo è il ritorno di Ulisse dal mare dello smarrimento. Questo è il ritorno del sole E dell’uomo espatriato!... Per gli occhi di lui e della amata terra giuro di non rassegnarmi mai a te e fino all’ultima goccia di sangue nelle vene, resisterò, resisterò, resisterò!..."Ha muerto ayer Samih al Qasim.Poeta y periodista palestino, voz de la Nakba y de la Resistencia Palestina.
Tenia 75 años y no volverá a ver su tierra liberada.
Porque su tierra, un día, será libre.
Lo recordamos con esta poesía, que Meriem me trajo a la memoria:
   ...hasta la última gota de sangre en las venas, resistiremos..."


Hacia la victoria

Perderé, tal vez, el salario
 como usted lo desea;
 me veré obligado a vender el vestido y el colchón;
 Seré, tal vez, el portador de piedras; 
el portero, el mendigo en la calle
o el trabajador en una fábrica;
Tal vez también estaré obligado a buscar en el lodo
para encontrar un grano que comer;
O quizá moriré desnudo y hambriento.
Pero no me resignaré jamás a ti,
enemigo del sol
Resistiré hasta la última gota
De sangre en mis venas.

Tú me podrás robar el último palmo de suelo;
serias capaz de dar en prisión
con mi corta edad;
de privarme del legado de mi abuelo:
de muebles, de los utensilios para el hogar
y los recipientes.

Serías muy capaz de dar al fuego
Mis poesías y mis libros
Y a los perros mi carne
Serías - cuán cierto es - una pesadilla
sobre el corazón de nuestro pueblo,
oh, enemigo del sol!
Sin embargo, no me resignaré jamás a ti
y, hasta la última gota
de sangre en mis venas
Resistiré! ...

Podrás apagarme las luces que me iluminan en la noche
Y privarme de un beso de mi madre:
Tus jóvenes serían capaces de insultar
a mi pueblo y a mi padre;
Cualquier  cobarde de ustedes sería capaz de
falsificar también mi historia;
Usted mismo podría privar a mis hijos
De un vestido de fiesta;

Serían capaces de engañar
con falso rostro
a mis amigos,
crucificarme el día encima con
una visión humillante,
oh, enemigo del sol!
Sin embargo, no me resignaré jamás a ti
Y, hasta la última gota de sangre en mis venas
Resistiré!...

Oh, enemigo del sol!

En el puerto veo los ornamentos
los signos de gloria;
siento las voces alegres
y los aplausos entusiastas
que encienden de alegría la garganta;
en el horizonte veo una vela
que desafía el viento y las olas
sorteando con confianza los peligros!
Este es el regreso de Ulises
del mar del desconcierto.
Este es el regreso del sol
Y del hombre expatriado

Por los ojos de él y de la amada tierra
Juro no resignarme jamás a ti
Y hasta la última gota de sangre en las venas,
Resistiré,
Resistiré,
Resistiré!...


Original, tomado de Facebook


E' morto ieri Samih al Qasim. Poeta e giornalista palestinese, voce della Nakba e della Resistenza della Palestina.
Aveva 75 anni e non riuscirà a vedere la sua terra liberata.
Perché la sua terra, un giorno, sarà libera.
Lo ricordiamo con questa poesia, che Meriem ci ha riportato alla memoria.
...fino all'ultima goccia di sangue nelle vene, resisteremo...


Fino alla vittoria

Perderò, forse, lo stipendio
come tu lo desideri;,
sarò costretto a vendere abito e materasso;
farò, forse, il portatore di pietre;
il facchino,
lo zappino di strada
oppure l’operaio in una officina;
forse sarò anche costretto a cercare nei letami
per trovare un grano da mangiare;
o forse morirò nudo e affamato.
Ciò malgrado non mi rassegnerò mai a te,
o nemico del sole!
Ma resisterò fino all’ultima goccia
di sangue nelle mie vene.
Tu mi potresti rubare l’ultimo palmo di suolo;
saresti capace di dare alle prigioni
la mia giovane età;
di privarmi dell’eredità di mio nonno:
degli arredamenti, degli utensili casalinghi
e dei recipienti.
Saresti pure capace di dare al fuoco
le mie poesie ed i libri miei
ed ai cani la mia carne.
Saresti – come è vero – un incubo
sul cuore del nostro villaggio,
o nemico del sole!
Ciò malgrado, non mi rassegnerò mai a te
e, fino all’ultima goccia
di sangue nelle mie vene
resisterò!...
Potresti spegnermi la luce che m’illumina la notte
e privarmi di un bacio di mia madre;
i ragazzi vostri sarebbero capaci di insultare
il mio popolo e mio padre;
qualche vigliacco di voi sarebbe capace di
falsificare pure la mia storia;
Tu stesso potresti privare i figli miei
di un abito di festa;
saresti capace di ingannare,
con falso volto,
gli amici miei,
crocifiggermi i giorni su una visione umiliante,
o nemico del sole!
Ciò malgrado, non mi rassegnerò mai a te
e, fino all’ultima goccia di sangue nelle mie vene
resisterò!...
O nemico del sole!
Nel porto vedo degli ornamenti,
dei segni di gioia;
sento delle voci allegre
e degli applausi entusiasti
che infuocano d’allegria la gola;
e nell’orizzonte vedo una vela
che sfida il vento e le onde
sormontando con fiducia i pericoli!
Questo è il ritorno di Ulisse
dal mare dello smarrimento.
Questo è il ritorno del sole
E dell’uomo espatriato!...
Per gli occhi di lui e della amata terra
giuro di non rassegnarmi mai a te
e fino all’ultima goccia di sangue nelle vene,
resisterò,
resisterò,
resisterò!...

domingo, 3 de agosto de 2014

Palestina

Poema de  Juanita Conejero*   

 
El odio se hace muerte.

Por los campos hambrientos de justicia
         marcha  la sangre 
                   con las manos crispadas
                   con los ojos de súplica .

Roja sangre  de glóbulos amados
derramada en la tierra  de todos
limpia  sangre de niños  y niñas
que se mezcla con las arenas del peligro.

El odio se hace muerte.

La vida se hace polvo.

Cuando la sangre despinta los paisajes
         y los niños lloran
         y las madres claman
los crueles  asesinos del alba
provocan  un mar de condenas
que hacen  pedazos
sus  maléficas entrañas.

La ventura será para los buenos
         para los que disfrutan
         la sonrisa   de un niño
                   en las sagradas arenas
         de la playa

Sólo para ellos
         para los que saben amar
será el abrazo creciente de las olas.

* La Habana, CUBA. Poetisa, colaboradora de CUBARTE: Portal de la cultura cubana. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas (UNEAC)
Dirige y Conduce la Tertulia de Arte y Literatura “SOL ADENTRO"

sábado, 2 de agosto de 2014

Juega a no morir...



Nora Salas‎, poeta argentina

Juega a no morirJuega a que su niña sangra
Juega a tener un pan
Juega a que no hay más religiones
ni dioses
que su mañana.

Juega a jugar
juega a lo que sabe
juega a lo que puede
Juega a no morir

Juega a que nosotros
la humanidad toda
se pronuncie
a que su vida tenga algún valor
aunque su muñeca sangre
aunque se acabe su pan...." 


Tomado de su muro en Facebook

jueves, 24 de abril de 2014

CUANDO PIENSO EN CIEN AÑOS DE SOLEDAD (*)


por Josefina de Diego
                                                                                a mi madre, Bella García Marruz
                                                                                y a María Luisa Elío
 
Cuando pienso en Cien años de soledad no pienso en García Márquez: pienso en mi madre.  La recuerdo recostada en su cama, con un cigarro en la mano, el cenicero al lado y una tacita de café.  Las tardes y noches en que mamá leyó Cien años de soledad (que fueron muchas, no porque se demorara en terminar la novela sino porque la leyó varias veces) las recuerdo como mágicas y encantadas.  Yo la miraba desde la puerta de su habitación, no podíamos interrumpirla, ella así nos lo había pedido. 
 
Pero tampoco hubiéramos podido hacerlo si lo hubiésemos intentado.  Su cuarto parecía estar bajo el efecto de algún hechizo. Había como una solemnidad en aquella lectura.  Mi madre se encontraba, en ese momento, en un espacio sagrado, solo de ella, en un lugar maravilloso al que entraba como si le perteneciera, como si siempre hubiese estado allí, en un “mundo raro”, fantástico y tierno a la vez, y que era para ella muy familiar.
 
Sola, mi madre, con un mundo prodigioso entre sus manos.  Así la recuerdo, encantada, como tocada por una luz adiamantada y cálida, feliz.
 
(*) Este texto forma parte del libro inédito ¿Y ya no tocan valses de Strauss?

sábado, 23 de noviembre de 2013

Desechando lo desechable

Por Marciano Durán *
Seguro que el destino se ha confabulado para complicarme la vida. No consigo acomodar el cuerpo a los nuevos tiempos. O por decirlo mejor: no consigo acomodar el cuerpo al “use y tire” ni al “compre y compre” ni al “desechable”.

Ya sé, tendría que ir a terapia o pedirle a algún siquiatra que me medicara. Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.

No hace tanto con mi mujer lavábamos los pañales de los gurisas. Los colgábamos en la cuerda junto a los chiripás; los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda (incluyendo los pañales).

¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Sí, ya sé… a nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles uruguayas guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores. Y nuestras hermanas y novias se las arreglaban como podían con algodones para enfrentar mes a mes su fertilidad.

¡Nooo! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez! ¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plast de los pollos! ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de alpaca en el cajón de los cubiertos! Es que vengo de un tiempo en que las cosas se compraban para toda la vida. ¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después!

La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas y escupideras de loza. Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de heladera tres veces. ¡Nos están jodiendo! ¡¡Yo los descubrí… lo hacen adrede!!

Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara.

¿Dónde están los zapateros arreglando las medias suelas de las Nike?

¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommier casa por casa?

¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?

¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?

Todo se tira, todo se deshecha y mientras tanto producimos más y más basura. El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero!! ¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de 50 años!

Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII). No existía el plástico ni el nylon.

La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en San Juan. Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De por ahí vengo yo. Y no es que haya sido mejor.

Es que no es fácil para un pobre tipo al que educaron en el “guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo” pasarse al “compre y tire que ya se viene el modelo nuevo”. Mi cabeza no resiste tanto.

Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que además cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.

Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya sí era un nombre como para cambiarlo).  Me educaron para guardar todo. ¡Toooodo!

Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo. Sí… ya sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no.

Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas de jardinera… y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¡¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?!

¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con que se consiguieron?

En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.

¡¡Cómo guardábamos!!

¡¡Tooooodo lo guardábamos!!

¡Guardábamos las chapitas de los refrescos!

¡¿Cómo para qué?!

Hacíamos limpia calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela.

¡Tooodo guardábamos!

Las cosas que usábamos: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus.

Y las cosas que nunca usaríamos. Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón. Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar. Cañitos de plástico sin la tinta, cañitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón. Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor. Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraran al terminar su ciclo, los uruguayos inventábamos la recarga de los encendedores descartables.

Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de paté o del corned beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave.

¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más.

No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín. Las cosas no eran desechables… eran guardables.

¡¡Los diarios!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al cuadril!

Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque del Banco de Seguros para hacer cuadros, y los cuentagotas de los remedios por si algún remedio no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos.

Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posamates, y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de cartas se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía “éste es un 4 de bastos”.

Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo. Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos.

Así como hoy las nuevas generaciones deciden “matarlos” apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada… ni a Walt Disney.

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron “Tómese el helado y después tire la copita”, nosotros dijimos que sí, pero… ¡minga que la íbamos a tirar! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas.

Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico -las de suero y las de Agua Jane- se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de bollones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. No lo voy a hacer. Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad es descartable.

Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer.

No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne.

No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.

Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares.

De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la bruja como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva.

Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo que la bruja me gane de mano … y sea yo el entregado.

Y yo… no me entrego.

(Tomado del blog de Marciano Durán, Crónicas marcianas)

*Este artículo anda dando vueltas por Internet desde hace años como si fuera de la autoría de Eduardo Galeano. En realidad, fue escrito por el uruguayo Marciano Durán, enero de 2006.

lunes, 3 de junio de 2013

Poema de un recuerdo


                         Jorge Luis Borges

 

 Dime por favor donde no estás
en qué lugar puedo no ser tu ausencia
dónde puedo vivir sin recordarte,
y dónde recordar, sin que me duela.

Dime por favor en que vacío,
no está tu sombra llenando los centros;
dónde mi soledad es ella misma,
y no el sentir que tú te encuentras lejos.

Dime por favor por qué camino,
podré yo caminar, sin ser tu huella;
dónde podré correr no por buscarte,
y dónde descansar de mi tristeza.

Dime por favor cuál es la noche,
que no tiene el color de tu mirada;
cuál es el sol, que tiene luz tan solo,
y no la sensación de que me llamas.

Dime por favor donde hay un mar,
que no susurre a mis oídos tus palabras.

Dime por favor en qué rincón,
nadie podrá ver mi tristeza;
dime cuál es el hueco de mi almohada,
que no tiene apoyada tu cabeza.

Dime por favor cuál es la noche,
en que vendrás, para velar tu sueño;
que no puedo vivir, porque te extraño;
y que no puedo morir, porque te quiero.



viernes, 22 de marzo de 2013

La silla (relato completo)

Hace más de cuarenta años crucé la frontera de este país. Hace más de cuarenta años que dejé atrás mi gente, mi casa y mi país. Me bajé del barco con una maleta que tenía más agujeros que tela, en ella traía todo lo que alguien como yo podía necesitar, y que coincidía con todo lo que alguien como yo podía permitirse: una biblia, una foto de mi familia, una libreta para escribir cartas y un traje para los domingos. La biblia y la libreta quedaron inservibles por la humedad durante el viaje, el traje de los domingos quedó degradado a la categoría de traje de diario y la foto de la familia, aunque un poco dañada, fue la que mejor parada salió, todos seguían ahí, una mamá, un papá, una hermanita, dos hermanitos y una silla.

En mi tierra me habían hablado de un pana que se dedicaba a ayudar a los que recién llegaban, que se dedicaba a aliviarles la carga de los primeros días, pero no tardé en descubrir que lo único que aliviaba era su bolsillo. Así que allí me encontraba yo, pasando mi primera noche en este país, al resguardo de un portal desguarnecido, al abrigo de una ciudad desabrigada y fría.

Pronto pude colocarme en una habitación comunal, compartida a cama caliente, con otros compañeros de soledad, extrañezas y añoranzas. Aquello ya abrigaba más, aunque resultaba un poco sucio e insano. El poco dinero que había conseguido reunir para mi gran aventura se agotaba rápidamente, pero antes de pasar a mayores, tuve la suerte de encontrar un empleo. Como el de cualquier otro hermano estaba tan mal pagado y era tan indecente e ilegal como parecía desde fuera, pero era al mismo tiempo el único sustento posible, por lo que era el mejor empleo que tenía. Si el paraíso al que nos dirigíamos nos conducía por aquel camino de calamidades y penurias, es porque podíamos soportarlo, al menos eso hubiera dicho mi mamá. Ella siempre decía que Dios nunca nos enfrenta a pruebas que no seamos capaces de superar.

Tras algunos meses superé por fin aquella prueba y pude pasar a la siguiente fase. Simultáneamente al que ya tenía, encontré otro empleo que llenó mis noches de sudor y café aguado. El descanso pasó a ser, simplemente, un lujo que sólo me podía permitir en la parada del autobús. Pero aquel sacrificio me hizo capaz de reunir un poco de plata que enviar cada tanto a mi familia, allá en mi tierra. Realmente me encontraba en el buen camino. Mi familia, a cambio, me enviaba, como una especie de prueba de vida que la pobreza secuestradora les permitiera, la fotografía acostumbrada: la mamá, el papá, la hermanita, los hermanitos y la silla. Todos menos la silla, un poco más viejitos a cada estampa.

El tiempo pasaba y aquello que parecía una situación temporal, se iba convirtiendo en una situación indefinida, de la que ninguno podíamos conocer su final. Inmerso como estaba en conseguir plata con la que mi familia pudiera sacarse de encima aquella pobreza pegajosa e interminable, apenas si dediqué tiempo a establecer contacto con otros compatriotas. Cuando lo hice, todo ocurrió de sopetón. Recuerdo muy bien cuando acudí a la primera reunión. Uno de los del cuarto donde me alojaba pero adonde no iba a comer ni tan siquiera a dormir, me invitó. Acompáñenos, compadre, lo pasará usted en grande —me dijo; y así lo hice, le acompañé hasta el puerto. Los que allí trabajaban se las habían arreglado para que su patrón les permitiera utilizar una pequeña nave donde guardaban herramientas. Allí, otro del grupo, carpintero de profesión, había dispuesto una enorme tabla de madera en una de las paredes. En ella había pegadas colecciones completas de fotografías de familiares, cartas recibidas, declaraciones de amor, recuerdos, nostalgias y promesas anotadas en servilletas de bar, fechas lejanas de momentos ajenos… Me produjo tal fascinación que pasé horas mirando aquella tabla, repasé todo aquel material de arriba abajo. Toda aquella carga de nostalgia y de añoranza lejos de causarme un efecto corrosivo, me causó un efecto balsámico inmediato. Pedí permiso y enseguida quedaron expuestas las fotos que mi familia me había ido enviando y que hasta ese momento siempre me habían acompañado allí donde fuera. Compartir con otras personas mis penas, mis alegrías y mis recuerdos, me liberaba en cierto modo del peso que suponían. Las penas ajenas, por ajenas no dolían, y las propias, una vez narradas a quien quisiera escuchar, siempre resultaban más livianas y llevaderas. Por lo que respecta a las alegrías…, las alegrías siempre alegraban, fueran de quien fueran y vinieran de donde vinieran. Las alegrías no tenían dueño ni origen, sólo destino, y su destino éramos nosotros. Aquel era un buen trato para quienes habían dejado parte de su corazón a miles de kilómetros de distancia.

Un día llegó una nueva carta de mi familia, acompañada por la acostumbrada foto de grupo. Reflejaba los cambios habidos desde la última vez: una mamá, un papá, una hermanita, un hermanito y dos sillas. Rápidamente me dispuse a leer la carta donde, a buen seguro, se explicaría aquel cambio que la foto mostraba sin reparos. No tardé en confirmar mis sospechas. Uno de mis hermanitos había alcanzado la edad y había dejado el hogar para buscar un futuro. Se me encogió el estómago al pensar las pruebas a que se enfrentaría mi hermanito para alcanzar su futuro. Papá puso su silla junto a la mía, todo un detalle, nunca lucharéis solos, escribió en su nombre Clarita, la única persona de mi pueblo que sabía escribir y que solía hacerlo para mi papá. Y yo puse la foto en el tablón de los recuerdos, junto a las demás.
En cierta ocasión, alguien reparó en que mis fotos eran las únicas que tenían retratadas además de personas, sillas. Cuando me preguntó por qué, otra pregunta bastó para que lo entendiera: ¿Tu familia no espera que vuelvas?. Después de pensárselo por un momento, me contestó con cierto autorreproche que sí, que claro que sí, que cómo no le iban a esperar.

Todas nuestras familias esperaban que, de uno u otro modo, volviéramos y todos nosotros esperábamos volver, del primer modo que fuera posible; pero ninguna familia ni ninguno de nosotros sabíamos cuándo tendría lugar tal vuelta. Lo único cierto y verdadero es que el tiempo pasaba, corría, volaba y nos superaba, dejándonos atrás con diferencia; y también con un poco de indiferencia, porque al tiempo siempre le daba igual si nos iba bien o mal, nos pasaba por encima y nos arrancaba de cuajo los años y la juventud. Aquel sentimiento adquirió pleno sentido cuando recibí otra de aquellas fotografías de la  familia; en ella mamá, papá y cuatro sillas formaban el conjunto. Mis hermanitos y mi hermanita, como me ocurrió a mí en su día, habían alcanzado la edad a la que empieza el futuro. Decidí entonces encaminar todos mis esfuerzos a preparar un viaje que, con suerte, me permitiría demostrar a mis papás que no hay nada más resistente al tiempo y al olvido que el amor de un hijo.

Aunque aún pasó largo tiempo hasta que lo logré, por fin llegó el día. Había conseguido permiso de mis patrones, había reunido el enorme montón de plata que costaba el billete más barato. Compré regalos para la mamá, para el papá, y también para la hermanita y para los hermanitos. Con maña me las arreglé para que aquello no supusiera un problema de equipaje. Tenía todo listo y me disponía a salir de la casa con la maleta, no sin cierta turbación de espíritu. Al salir, en acto reflejo, se me ocurrió comprobar la correspondencia: había una carta. Era de mi familia. Venía acompañada de la consabida estampa de grupo. Seis sillas formaban el extraño conjunto. La maleta pesaba más que nunca y se me escapó de entre los dedos, yendo a dar contra el suelo con un fuerte estruendo, se abrió y los regalos se esparcieron por el suelo, como si ellos sí supieran que no iban a ir a ninguna parte. Me senté en el rellano con los pies colgando por las escaleras y los ojos colgando de aquellas sillas vacías de la foto. Me hubiera gustado llorar, pero nada conseguiría con ello; me hubiera gustado llamar a voces a la mamá y volver a verla, pero tampoco eso me hubiese ayudado a comprender por qué ese tiempo que dediqué a buscar mi futuro, acabó con mi pasado, acabó con mi familia y acabó conmigo.  Pero al cabo de un rato, una extraña y casi molesta sensación de serenidad se apoderó de mí, en aquel momento supe que estaba preparado, por fin, para afrontar con solvencia cualquier situación, por difícil que fuera su naturaleza.

Desde entonces he superado pruebas que, aunque difíciles, nunca resultaron imposibles para quien está preparado, tal y como acostumbraba a decir mi mamá.
Estas son, querido hijo mío, algunas de las experiencias que tu anciano padre puede contarte, para que encuentres tu futuro lo antes posible.

Por cierto, te envío la última fotografía que hemos tomado de la familia. La silla de la derecha es la de la hermanita, las dos de la izquierda son las de los gemelos, y la del centro —entre tu madre y yo— es la tuya. Esperamos que vuelvas pronto.

La silla – Víctor J .Sanz

Este relato está incluido en la colección que lleva por título “Desde la Torre“, de próxima publicación.